17.5.12

#pequeñascomplicacionesdeunsordo

(proyecto en curso por @gusachi en Twitter)

Golpeás la puerta del baño y luego abrís. Si no trancó, la quedó!!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Vas por la calle y un minón te dice: "Invítame un cafecito, guapo!" y vos le contestas: "8 y cuarto"… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Tocar timbre en un edificio y que te den por el portero eléctrico largas instrucciones de cómo entrar … #pequeñascomplicacionesdeunsordo

En el trabajo te distraes viendo un video... acordate que los videos tienen audio! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

En la cama ella puede mencionar la lista completa de todos los hombres de su vida y ni te enterás... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Cuando largás una carcajada y ya habían cambiado de tema: ahora hablan de la muerte de un ser querido... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Si no escuchás el agua correr en la canilla del baño, muchas más probabilidades de que la dejes abierta... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Que las películas de Hollywood muestren la lectura labial como una ciencia y/o disciplina exacta!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

"Lo llaman por el número desde el parlante..." #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Mi hijo me da complejas instrucciones mientras trato de mantenerme con vida en el juego del Play... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Que te griten como para que escuchen hasta en Paysandú, pero sigan modulando como con una papa en la boca… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Te hacés el canchero y decís: "Hola, Marcela, ¿cómo andás, tanto tiempo?" Se llama Magela... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Caminas de noche y aparecen unos planchas choborras. Crees que te dicen algo; si los ignoras, se arma...¿Y si no hablaron? #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Te tomás un taxi y a mitad del camino el chofer quiere corroborar la dirección con mampara de por medio...#pequeñascomplicacionesdeunsordo

Que tengas que leerle los labios a un hombre y el tipo piense que le querés dar un beso… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

(...si fuera una mujer no me sería una complicación) #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Durante años vi "La belleza y el poder”, único programa subtitulado en TV abierta… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Pretender leer los labios mientras manejas... CRASSHHHHHHHHH!!!!!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Cuando decís que sos sordo y te contestan, creyéndose ingeniosos: "Para lo que hay que escuchar...” #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Reírte de un chiste que no entendiste solo para que no te lo repitan y no lo vuelvas a entender! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Estar hablando con alguien a todo volumen porque es un lugar con música fuerte, y de golpe la apagan... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Difícil que la gente entienda que el cable que baja de atrás de la oreja no es precisamente un mp3 ... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Que tu nombre suene parecido al ladrido de un perro.... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Cuando te toca la cadena de 5 niños de la escuela y no sabés si te van tomando el pelo todo el viaje... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Cuando le decís a alguien que sos sordo y te empieza a contar la infección de oídos que se agarró un día ... #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Tenés que hablar algo largo que por teléfono serían unos minutos. En cambio son 300 sms... y malinterpretados! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

La mayoría solo compadece que no podés "escuchar" música... pero eso es solo una parte del paquete! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Querer leerles los labios a los dibujitos animados para entender algo...!!!?? #pequeñascomplicacionesdeunsordo

No sabés el nombre de esa persona que tratás a diario porque no lo entendiste ni la primera ni la segunda vez #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Gente que le incomoda escribir sms y actúa como si no hablar por teléfono fuera un capricho tuyo #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Apenas no entendés de primera, te dicen: "Nada, era solo una pavada..." #pequeñascomplicacionesdeunsordo

Sentarte en el cine pronto para disfrutar. Comienza la película y es una copia doblada… #pequeñascomplicacionesdeunsordo



(Más #pequeñascomplicacionesdeunsordo siguiendo este hashtag en Twitter)

29.4.12

Paraguas rojo

Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.


Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó...

Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.


Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.

En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.

Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.

Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.

No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.

Fotos de Mario Levrero

18.4.12

Job y el silencio


Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.
(Job 1, 21)


1. "Ya salí", decía el SMS.

Estoy agotado, pero como un león me persigues.

Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.


Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.


Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.

Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.


Mis ojos se cierran de pena
no soy más que la sombra de mí mismo



2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.


¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en él
y pongas en él tu mirada,
para que lo vigiles cada mañana
y lo pongas a prueba a cada instante?


Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.


¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!
Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.
Por lo menos conocería su respuesta
y trataría de comprender lo que él dijera.


Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo "merece"? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?


¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
¡Habla, si es que sabes tanto!


Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez... no volveré a hacerlo; dos veces... no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.

Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! "¡Oiré en el Cielo!".

Vaya uno a saber.




Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario.


11.4.12

The Fortune Teller

La serpiente le muerde el tobillo al lobo. El lobo es el gigante Atlas, cargando sobre sus espaldas el peso del mundo. No: es un escuincle, un perro azteca, de esos que se enterraban con el muerto para que lo guiara a lo largo de su terrible viaje por las húmedas tierras del Mictlán. O es Anubis, la deidad egipcia de cuerpo humano y cabeza canina. Sí, es Anubis.

Encima de la rueda, la esfinge. Lleva una espada al hombro; la espada quiere decapitar al águila pero se contiene. El águila, inocente del peligro, sufre en secreto mientras tanto: moriría por ser una paloma mensajera y llevar el esperanzador olivo hasta las manos de Noé. Pero no puede, nada ni nadie le evitará ser lo que es: un águila majestuosa. Tiene un destino tirano que la condena a la grandeza.

Del otro lado, el ángel levanta la vista de su libro y desde su nube le reprocha en silencio. "Pudiendo volar, que no vuele... pudiendo ser grande, que quiera no ser vista...". Mueve la cabeza en reprobación amarga, y el águila, avergonzada, desvía la mirada. Ahí se encuentra con la serpiente que le muerde el tobillo al lobo.

Más abajo, un buey alado y un león, también alado, se tumban plácidos al sol; sostienen entre sus patas delanteras un libro cada uno. Están entretenidos, se ven en paz; parecen figuras del establo de Belén. No tienen la menor idea de para qué podrían usar sus alas. Mejor para ellos.

Todo está lleno de nubes. Arriba y abajo. La rueda de la fortuna gira una vez más, y de súbito, antes de percatarse ella misma, la serpiente suelta al lobo, lo deja de morder. El lobo se da cuenta del alivio y no pierde un instante: se libera del peso del mundo. Al verlo actuar, el águila también se anima un poco; se larga a planear por los cielos en danza luminosa. Por eso mismo, al contemplarla, el ángel sonríe y deja de juzgar al prójimo; tanto el buey como el león sienten de pronto una punzada entre los omóplatos. Las cosas marchan. Hay liviandad.

Es cuando la esfinge, sin aviso, toma la empuñadura de la espada y hiere a alguien. A cualquiera que por azar pasara cerca de allí justo en ese momento.

Se escucha desde el fondo de la tierra un chirrido pesado; la rueda de la fortuna gira una vez más. Y la serpiente, sin saber por qué, no puede evitar volver a morderle el tobillo al lobo.

9.4.12

Estatuas nocturnas

1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como "casino", "hotel", "bar", todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego... Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.


4.4.12

María Memento Mori

Esto fue hace un año, exactamente. Me enteré por un SMS desde México. Estaba en el club de Astor, en el medio de la cotidianidad más obscena. La inocencia: ese momento en que por no estar vigilando la posibilidad de la desgracia, la maldita golpea y nos pesca desprevenidos.

Al principio creí -o quise creer- que sería uno de sus trucos para llamar la atención. Un rumor. Un nuevo performance beck
ettiano de María Tarriba. Ella no tenía límite para crear y recrear sus personajes.

A falta de otras materialidades posibles, entré a internet sin perder un minuto. En el Facebook de Djuna Barnes (su alter ego, luego de que la revista Proceso recogiera críticas a terceros firmadas con su verdadero nombre en el cotilleo virtual y las publicara, para su vergüenza), encontré una frase que había sido subida tan solo diecinueve horas antes. Un último rastro de María, fresco, aún latiendo de existencia. Su testamento, quizás involuntario. Quizás no:

The voyage of discovery consist not in seeking new landscapes, but in having new eyes.
(Marcel Proust)

En eso me llegó el segundo SMS, el peor: uno de sus hermanos había confirmado la noticia y estaba saliendo rumbo a Mazatlán. A su velorio.

Y sin embargo, después no quedó duda de que el verdadero velorio fue en internet y en ciudades distantes unas de otras que convergían. Cosas de estos tiempos. Todavía podemos leer para atrás, en su muro, lo que durante este año sus amigos (entre ellos, los conocidos virtuales de largas conversaciones) le hemos seguido expresando; más extraño todavía, también podemos leer para atrás, más para atrás, lo que ella mostraba de sí, su actividad, sus palabras. Cuando todavía estaba viva. Como si todavía lo estuviera.

Mi amiga María me mandó su libro por correo cuando lo publicaron. También hizo dos donaciones de US$ 2.50 vía Pay Pal aquí en el blog para pagarme un café en Tribunales. Yo lo había puesto como una especie de chiste personal que, sin embargo, en el fondo conservaba cierta esperanza de que la Providencia me guiñara un ojo, como para hacerme sentir que estaba allí. Solo María lo captó. Y actuó en consecuencia. Desde sus escasísimos recursos.

Pero para qué hablar de María, la María biográfica. Sus innumerables virtudes, sus aterradores defectos; al final, uno lo perdonaba todo. Porque pedía disculpas, inclinaba la cabeza cuando despertaba y veía el desastre que había hecho, Ayax rodeado de cadáveres de ganado que en su
locura había juzgado un ejército; caballo de Atila desbocado, pasando con los cascos furiosos y maníacos sobre los campos queridos. No podía evitarlo. La bipolaridad es estar lisiado sin una silla de ruedas o un bastón blanco que lo atestigüe.

Lloro y me dicen que ella está mucho mejor allí donde está ahora. Pero yo lloro por mí. Tengo derecho.

Fue lo peor que me pasó el año pasado. (Después sufrí la muerte de otra amiga, pero por suerte para ella allí sigue todavía, vivita y coleando). Las cercanías del alma que permite internet son un campo multiplicado de cultivo de duelos: de un momento a otro, la persona se va de nuestro día a día, termina tajantemente de compartir, desarma el refugio; nos deja un hueco imposible de llenar, una estela de silencio. Deberíamos estar advertidos, pero lo comprendemos recién cuando nos pasa. La ausencia cotidiana de Levrero es algo que casi ocho años después todavía
no puedo superar. "Que nunca me faltes, Carlitos", decía, pero no mencionó nada respecto a faltarme él a mí.

María se enojó muchísimo conmigo por una imagen que posteé alguna vez en su muro. A mí me parecía de una lívida belleza, un memento mori (precisamente) delicado y firme a la vez; solo quise compartir mi hallazgo, acercarle ese mensaje que tanto me obsesiona: la vida escurriéndose entre nuestras negaciones; el amor, la pasión, el arte, la alegría, la comunión,
todo postergado para un momento más oportuno que nunca llega. La miope y tácita soberbia de suponernos inmortales. Pero ella se puso fúrica; se sintió agraviada, pensó que con alevosa crueldad le estaba recordando que moriría. Desde mi punto de vista, el "tú" que formaba parte
de la frase era genérico: hablaba de mí también, por supuesto.

En su acting supuestamente defensivo, me dijo cosas terribles; se metió incluso con la mortalidad que más podía dolerme. Ahora veo cuánta razón tenía. No son cosas para decirle a alguien que apenas tiene uno o dos años de vida por delante. Aunque ninguna de las dos lo supiera entonces.


Anteanoche soñé con ella. No me acordaba de la fecha, pero se ve que mi inconsciente sí. Se veía muy bien. Contenta, saludable, en paz. Usaba un vestido largo, blanco y estampado de colores (¡ella, siempre extravagante, hasta en la muerte!); íbamos caminando con un grupo de personas por la proa de Rivera y Arenal Grande, a la altura del bar Monteverde. Entre ellas, venía AV; mientras soñaba, pensé que aparecía porque la estoy viendo todas las semanas, pero –otra vez- se ve que mi inconsciente recordaba bien que ella fue una de las mejores amigas de María en la adolescencia. También venía una muchacha que rentaba una casita colonial mexicana diminuta, como un garaje que en su piso de abajo tenía un tallercito abierto a la calle -en el que trabajaba un artesano- y arriba un cuarto o dos. La casita estaba construida en una "punta" o esquina de la plazoleta de los Desaparecidos (nótese el símbolo obvio). A mí me encantaba; incluso fantaseaba sobre la posibilidad de rentar un cuarto para mí, como un estudio. Me hacía sentir cerca de México, y otra particularidad era que desde allí se veía el edificio de Rivera y Jackson, aunque totalmente distinto a como es: brillante, con adornos, hasta chongo. En el sueño, yo destacaba que aquel había sido mi último hogar en Uruguay antes de irme, de niña; los allí presentes me hacían ver que eso ya lo había comentado muchas veces. Pero ese pedacito de México en conjunción con calles e imágenes de mi infancia me daba paz.

María tenía protagonismo en el sueño. Se la veía equilibrada, sabia -más sabia que nosotros, sin duda-. Alguien nos mostraba unos mantelitos de papel impresos con fotos de momentos de su vida, como postales con cierto toque inusual, surrealista o disparatado, como todo lo de María (recuerdo uno, por ejemplo, en el que ella aparecía con otras personas resguardadas en una construcción de piedra, todos vestidos con trajes militares y mirando al desierto). Yo, en ese momento, cobro conciencia de que María va a morir; por eso, empiezo a doblar disimuladamente esos mantelitos para conservarlos como recuerdo. Me embarga una súbita vergüenza de estar preocupándome más por mi propio dolor anticipado cuando la que va a morir es ella, la que lo perderá todo.

Ella se da cuenta y, sin embargo, me mira con dulzura. Como si yo fuera una niña chica que aún tiene mucho que aprender antes de poder captar las complejidades del mundo de los adultos (o del mundo de los muertos, en este caso). Cuando yo hablaba del asunto de su muerte inminente, María medio que sonreía y me cambiaba el tema. Hablar de eso no le parecía importante, o acaso supiera directamente que yo no lo podría comprender. No lo veía como la tragedia, la pérdida dolorosísima que sentía yo.

Sí, se veía bien. Muy bien y sabia.


28.3.12

Sobrecitos de azúcar (1)

Es la hora en que el calor empieza a apretar. Trato de resguardarme un poco del sol, cada vez más invasivo, pero la sombrilla no contiene lo suficiente el avance de la luz casi blanca, cegadora, de un mediodía rotundo en Alejandría. Cuando era niña, alguien me dijo que si miraba el sol de frente me quedaría ciega. En la sala de espera del dentista, cada dos por tres aparecía una ciega; tenía la mirada vacía, los ojos deformes detrás del escondite imperfecto de sus lentes con cristales verdes. Por si no fuera suficiente, sus rodillas mostraban profundas cicatrices y malformaciones; llevaba una muleta ortopédica casi adosada al cuerpo, como si ella misma fuera un centauro metálico y tullido. “Tuvo polio”, decía mi madre.  “Antes no había vacunas para eso”. 

A mí me daba horror pensar en volverme ciega, en usar bastones, en ser minusválida. Dependiente de los demás. Adolorida. Marcada por el odio de no se sabe qué inmerecida condena, por la mezquindad de un dios ciego que me creara a su imagen y semejanza. Renga, sí, para siempre arrastrando mi marcha. Apoyada contra el inestable bastión de la piedad ajena. 

*

 Nunca me pareció que ser discapacitado, en algún sentido u otro, era algo que le pasaba a los demás. Incluso de niña: cuando miraba a aquella ciega del consultorio del dentista, veía también toda la potencialidad de mí misma. De una identidad arrollada, doblada quietecita en mi interior -en el interior de cualquiera, solo que yo lo sentía así-, que no se desplegaba en los hechos simplemente por la benevolencia que el azar había tenido conmigo. 

Por eso sentía miedo, sí. Y reverencia. Y gratitud. Todavía siento todo eso cuando me doy contra tales heridas. Lástima no, nunca: ¿cómo sentir lástima de mí misma y seguir viviendo con semejante claudicación a cuestas? Ser el otro, ser yo. Una lotería nada más.

Compadezco, eso sí. Padezco junto. Con cada uno. No me creo tan especial como para aspirar a ningún salvoconducto de los dioses. 

"Podría ser yo", siempre he pensado. "Podría ser alguno de mis seres queridos". Y es cierto. Pero la gente prefiere descargar esta horrenda sospecha sobre los chivos expiatorios. Ellos.

Si he de quedarme ciega, por lo menos que sea en Alejandría. Escucharé música en sus calles, le pediré a algún niño que me lea a Cavafis, a Lawrence Durrell. Imaginaré la ciudad exactamente como hasta ahora la había imaginado; será suficiente para orientarme al principio. 

Con el tiempo, diré profecías a los turistas en los cafés; se cumplirán siempre, y con eso me iré ganando la vida. 




25.3.12

Ánimos

1.

Necesito silencio. Un ataúd de cristal para poder recuperar el alma. Pero el niño no para de hablar, los platos se golpean en la cocina, el teléfono suena, los mozos gritan. El sonido es invasor por naturaleza; no respeta murallas con códigos implícitos ni fosos tácitos. No hay modo de detenerlo si decide entrar. O sí.

Fracaso. En el intento de ir hacia adentro, un enorme cansancio me sorprende justo sobre las espaldas. Ese momento preciso en que el gigante Atlas descarga su peso aplastante sobre el desadvertido Hércules; hasta entonces, el héroe quizás desconociera la más alta dimensión de sus propias fuerzas.

Bajo el rebozo, mi burka ocultadora, sé que estos días camino encorvada, como vencida. Es normal. Intento empezar a arreglarme un poco otra vez, volver a mí, pero tengo los ojos demasiado cansados, pesadísimos los párpados. Otra vez, hondo deseo del ataúd de cristal. Mi piel ya no emite luz, como venía haciendo antes; el pelo, atado al descuido, como si fuera una rienda con la reserva de mis últimas energías. Porque aún no es tiempo de soltar a los caballos hacia el campo nuevamente. No podría ir a buscarlos, si fuera necesario. Los mantengo, nerviosos, pateando la tierra con los cascos, todos amuchados en el potrero frente al galpón. Por si acaso.

El niño sigue hablando, pidiendo, llamando. La moza también interrumpe y los caballos se me pierden. Lo de siempre, pero sin ningún ímpetu para intentar reencauzar nada. Que hagan lo que quieran.

Hoy al mediodía, una voz de hombre intentaba despertarme, recordarme lo que habíamos planeado, devolverme a la vida real, a la vigilia. Y yo me sentía como Perséfone vuelta a raptar; esta vez por un Hades sólido y terreno que pretendía arrancarla de los reinos profundos del sueño, de los muertos, y llevarla en violenta ascensión hacia la verde superficie. Segundo rapto, porque ella ya se había acostumbrado al otro reino; tanto, que ahora lo sentía como su hogar, su refugio. Pero a nadie le importan los dramas de los exiliados de ida y vuelta: ahora el carruaje negro se abalanza sobre ella y la arrastra de regreso a la conciencia.

Los caballos oscuros del carruaje relinchan; entonces me acuerdo de los míos. Estoy más o menos despierta.

Por ahora los retengo. Los soltaré al campo en cuanto vea venir la tormenta a lo lejos.




2.

De noche, G. exclama frente a la pantalla: "¡Mira, Astor: en esta casa naciste!". Levanto la vista y no doy crédito: es nuestra casa de Sóstenes Rocha, en Querétaro. La misma, con todos sus vecinos, el taller de enfrente, el puesto de los tacos en la esquina. Contentos, vamos sobre los adoquines de GoogleMaps recorriendo el caminito cotidiano hasta el corazón del Centro Histórico. El embeleso de la ubicuidad virtual.

Sobre el final del embarazo, a duras penas lograba llegar hasta allá caminando, entre el cansancio, el peso y los tobillos hinchados; más adelante (una vez terminado ese tormentoso primer mes con que la vida recibió a Astor) sí volví a ir. "El Príncipe del Centro Histórico", decía CS. Empujaba con trabajo la carriola -la capota cerrada para ocultar el tesoro de ojos azules, la manija atada a la muñeca, el dedo en el gas pimienta- hasta el Marrón Café, en la Plaza de Armas. Ahí, bajo la arcada, me sentaba a tomar un capuchino y a mirar la fuente del Marqués de la Villa del Villar del Águila   -"mirar" es un decir-  mientras el bebé dormía. Flotaba un buen rato en ese limbo protector, fuera de mi cuerpo y de mi alma.

"Esa fuente tiene cuatro perros", le digo a Astor. "Escupen agua". Él se ríe y pide verlos de cerca; entonces GoogleMaps, deidad piadosa que concede los deseos de los que no pueden darse el lujo de viajar, hace aparecer frente a nuestros ojos al emblemático marqués de hierro con sus perros escupidores. 

Su vista me corta la cara con un recuerdo inesperado: estar sentada en ese mismo café, escribiendo o pensando, y que de repente pasara aquel taxista que al instante captaba la atención de todo el mundo. Sacaba medio cuerpo por la ventanilla; manejaba lento e iba dando toda la vuelta a la plaza mientras, levantando el puño cerrado, gritaba con voz entusiasmada, una y otra vez, como si arreara vacas:

¡¡Ánimo!!
¡¡Ánimo!!

Una vez, me miró a los ojos en el momento mismo que lanzaba su pregón de ángel fortuito, y yo sentí que era una señal del universo para que resistiera. Quizás aquel taxista loco, con su incomprensible ritual y las postales surrealistas que generaba a su paso, me haya salvado la vida. Beneficios colaterales.

"El Ánimo", le decíamos (no sé qué hubiera opinado Jung de esto, ahora que lo pienso). Pasaba sin anunciarse, sin días fijos; lo hacía cuando él quería, sin la menor posibilidad de prever su presencia. De ahí que el efecto de su arenga fuera percibido como una bendición, como una inmerecida brisa mentolada en una noche demasiado calurosa para poder dormir.

Ánimo.
Ánimo.


17.3.12

Faros o el reproductor Winamp

La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.

Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.

Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.

Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.

En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.

Dios es experto en cruces.

Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.

Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.

Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.

Creo que tampoco oigo más nada.