23.10.09

El altillo

"That is why I have laid so much stress on money and a room of one's own."
Virginia Woolf, A Room of One's Own

Algo extraordinario me sucedió luego de la operación. Soy otra persona, o, mejor dicho, soy más yo otra vez. Más que nunca. Deben ser los efectos arquetípicos de la resurrección.

Hace como un año estábamos varias amigas -vinculadas todas de uno u otro modo a la literatura- tomando unos vinos. Vesna me había regalado un tiempo atrás La azotea, de Fernanda Trías (un librazo, Ed. Trilce, difícil de conseguir, pero quien lo vea en Tristán Narvaja debería comprarlo). Esa noche, SuyFabi también me regaló un libro, El sótano de Mario Levrero, librillo para niños retorcidos -como Levrero- con lindísimas ilustraciones. La propia Fernanda dijo que era toda una casualidad: Levrero había escrito un sótano y ella una azotea.

Las casas tienen enormes poderes de evocación, simbolismos adheridos a cada pared, a cada ladrillo; en una casa, los espacios son habitaciones del alma, estados de ánimo, capas manifiestas del inconsciente. Azoteas y sótanos. Hay momentos en la vida para cada uno.Y también hay escaleras entre ellos.

Estoy a punto de escribir el tercer libro de esta trilogía involuntaria. Mi libro será invisible, estará escrito con tinta indeleble, no se publicará jamás porque el único papel que podría contenerlo sería el del calendario, y se llamará El altillo.

Y es que al fin lo arreglé. Mi cuarto privado, mi escritorio. Luego de tres años de tener el piso cubierto de papeles, las cajas esperando, vacías. Caos externo casi espejo de un desorden primario y una falta de espacio interno. Soy feliz aquí. Es mi refugio de escritura, de trabajo, de papeles, de memorias. Una ventanita a la claraboya soleada o lluviosa. Pero suelo tardar tanto en escribir lo que me pasa, que cuando lo hago encuentro que se ha desvanecido, como ahora. Miro adentro y ya no encuentro su expansiva fuerza, su fueguito sencillo de subir cada mañana, cada noche, a comprobar que todo siguiera tan armónico, tan arreglado e inconfundiblemente mío. Simplemente, se me pasó el momento de mirarme resucitar el altillo, o quizás de resucitar en el altillo, porque ahora irrumpen otros movimientos internos que me reclaman el apretado espacio. Esta vez, son manifestaciones que rugen desde una distante juventud y una lejanísima niñez. Justicias postergadas. Esperanzas que había sepultado. Y seguramente tampoco escribiré sobre ello, tampoco llegaré a tiempo, tironeada por las cosas de la vida.

Ya no importan tanto, entonces, los altillos. Al menos no este viernes, no mañana ni pasado mañana. Los altillos son torres, en esos casos.

Igual sé que soy y siempre seré una mujer de altillos. El mío me estará esperando, fiel, cuando esta nueva oleada termine.




27.9.09

Oda al anestesista

PROLEGÓMENOS LAPAROSCÓPICOS
Madrugada del 23 de septiembre, Asociación Española, habitación 335 B

Supongo que pocas personas le rezamos a Hades y Morfeo, a  Hipnos y a Perséfone, antes de caer en el vaho de la anestesia general. Me fascina ese sagrado e inefable momento de la pérdida de la conciencia misma; es realmente una inmersión en las aguas del río Leteo, mucho más honda que la que cada noche emprendemos al quedarnos dormidos, cuando vamos de un mundo a otro, organizado con sus reglas particulares, habitado por sus propios dramas. Y en cuanto al Leteo no funciona tanto, pues al menos yo busco desesperadamente recuperar la memoria de mi vida paralela en ese lugar de los sueños. Pero con la anestesia no: uno realmente va hacia la nada; quizás esa sea la nada de la muerte, no lo sabemos. Aquí se aplica aquel horrendo precepto machista sobre la violación: "Relájate y goza". La única forma de pasar hacia otros mundos -alcohol, drogas, muerte, meditación, anestesia, sueños- es entregarse del todo al secreto y esperar.

Hablando de esperar, desde que me despedí de G. en la habitación y salí -encamillada, muñida de gorrito y zapatones- rumbo al block quirúrgico o su antesala, me tocó esperar dos horas mirando el techo. Eso, en vez de ponerme tensa, me ayudó a serenarme al máximo e incluso relajarme físicamente. Yoga de camilla, spa de bisturí. Es curioso todo lo que se puede pensar en esos tiempos muertos; por ejemplo, que para mi sorpresa –dada la habitual asociación con personajes amanerados rodeados siempre de curvilíneas enfermeras rubias, cual eunucos en el harén del sultán-, se me dio por constatar que había varios enfermeros y asistentes de buen ver. "¡Zas!", me dije. "¡Típico comentario de vieja! ¿Cómo cuando era joven jamás lo hubiera notado?". En realidad, me alegré por las enfermeras y doctoras del hospital; recuerdo vagamente que motiva más ir al trabajo o al colegio cuando nos gusta alguien. Claro que mi información era visual nada más: quizás –oh, injusticias biológicas- estos dos o tres tipos de buen ver eran gays, como siempre. Pobres enfermeras y doctoras.  También pensé -en tren de recuperar ahora aquellos tiempos muertos- en esa serie de canal Fox que tanto me gustaba por crítica y decadente, "Nip/Tuck": ¡hay que estar loco para operarse si no es por obligación, dejar que el cuchillo serruche, rompa, jale, penetre, traume nuestra pobre carcasa, si no es por un motivo de salud o secuela de accidente! Agrandarse las tetas o estirarse las arrugas no me parecen motivaciones suficientes, pero cada Narciso con su estanque. Y así se me fue el tiempo en este parloteo inútil, en vaivenes mentales provocados por el ocio pre quirúrgico. Era muy raro, pero no tenía nada que hacer, ni tenía nada no hecho por lo que me sintiera culpable. Casi el nirvana. No era yo del todo. Era yo, jubilada y mirando por el balcón.

Me reconozco más en la seguidilla de pensamientos erráticos, obsesivos, que se me aparecieron en el momento mismo de salir de la anestesia. El primero es, por supuesto, el más universal: "Ah, estoy aquí de nuevo, no me quedé en la otra orilla". En realidad no llegué a pensarlo verbalmente: fue una certeza tranquila que emergía entre el cuchicheo y los sonidos de la sala de operaciones mientras empezaba a volver. Salió todo brillante, dijo una voz de mujer, la anestesista, Perséfone en este caso. Me pareció curioso que, aparte de la contundencia inequívoca de la afirmación, usara ese término, "brillante". Afuera la luz es brillante; afuera, al final del túnel de regreso que nos lleva del mundo de los muertos a la superficie. Ahí, justo ahí, donde Orfeo mete la pata y da vuelta la cabeza.

Los anestesistas son un género aparte, único. Nunca hablé con un anestesista inquieto, nervioso, colérico o cínico. Todos tienen una especial parsimonia, un ritmo lento, de contacto humano pero distante, como si ellos mismos tuvieran siempre un pie en ese mundo al que nos llevan y del cual nos traen de regreso. Son como parteros de frontera, como embajadores con doble ciudadanía. Levrero –me doy cuenta ahora- era todo un anestesista.

Ellos se ponen en la cabecera, cuidándonos, o están a nuestro lado mientras caemos en el sopor, y nos hablan con voz suave, segura, hipnótica, hasta que caemos en la inconsciencia, y quizás sigan todavía más allá. No sé cuánto del letargo es causado por la anestesia como sustancia misma, y cuánto será producto de la presencia misma del anestesista. Cuando nació Astor sufrí una cesárea, pero con anestesia epidural: no quería que después me trajeran a cualquier bebé cambiado, como en las telenovelas mexicanas. El anestesista fue el único que estuvo presente durante el parto (además de G., Astor y yo, se entiende): me hablaba con esa voz arquetípica, de ultratumba buena, que tienen los anestesistas; me acariciaba la cabeza. El resto del equipo médico hablaba de golf y de chistes de fútbol, mujeres y esas cosas. ¿Yo? El territorio impersonal de una carnicería, siguiendo para mis adentros, drogada y risueña, sus irreverentes conversaciones profanas escupidas en el piso de una iglesia. La anestesia semi consciente me arrastró aquella vez a una nube de valemadrismo total, a una distancia interior, de nave al garete, con lo que estaba pasando. Pero la calmada voz del anestesista me traía de regreso a lo importante; era el único que me explicaba lo que sucedía en cada fase.

"Salió todo brillante…"

Lo segundo que pensé fue en ubicar el dolor. Sí, estaba allí, a la derecha, en la otrora mansión de mi vesícula. No había sido víctima de una de esas trágicas confusiones,  como escuché una vez en México –y nunca olvidé- cuando era niña: en el IMSS, le habían amputado una pierna a uno y –digamos- las amígdalas a otro, intercambiados los expedientes por error. Esa es una de las desventajas de la anestesia general: por no estar uno mismo presente, no puede patalear contra la ineficiencia ajena (desde luego, si uno pierde la pierna la metáfora se vuelve literal). Ayer mismo escuché en el pasillo médico de este hospital una alarmada voz masculina diciendo que una señora había venido a sacarse la vesícula y le habían sacado el apéndice. A lo mejor era una broma interna entre enfermeros, pero, si no, yo no era, por suerte, dicha señora. A mí me duele donde me tiene que doler.

Sí, la anestesia requiere un importante grado de confianza en los otros del que no todos disfrutamos. Pero la voz lenta, pausada, narcótica, del que conoce esos misterios de la vida y la muerte, secretos de la suspensión de la conciencia y la memoria, ayuda a animarse al tobogán.

La tercera cosa que pensé –quizás la más absurda en esa situación, pero no para mí, que hasta pedí que me mostraran mi gigantesca placenta- fue que quería ver los cálculos, las piedras que me habían extirpado ("tus rocas de Sísifo", diría mi amiga V.). Aún no había abierto los ojos –tardaría un buen rato, aunque igual seguía el accionar del entorno desde los oídos-, pero igual me preocupaba no poder concretar ese último ritual para honrar mi obra creativa: ver las famosas piedras. ¿Serían verdes, como dijo aquella extravagante ecógrafa que, cuando se jubilara, quería dedicarse a hacer bijouterie con esas piedritas ?

*

Cuando abrí los ojos, perdí las esperanzas en el asunto y no dije nada: estaba en una sala de recuperación, no en el quirófano. Ni rastros ya de la vesícula con todos sus cálculos. Igual, mi exiliado órgano no podría decir que no lo despedí con varias ceremonias: churros del Parque Rodó, mazzini de Carrera, vinos de todo tipo. Ahora vendrán tiempos de anacoreta.

Para mi sorpresa, ya en la habitación, G. me entregó una bolsita transparente que le habían dado – ¡mi tesoro no se había perdido en la ni pena ni gloria de la basura!-, con piedras varias, grandes, grandísimas, chiquitas, diminutas. Me impresionó mucho que hubiera podido alojar dentro de mí, como si nada, tanta tierra, mineral, sólidos tan duros que hasta se pueden golpear ruidosamente contra la mesa. Para mí fue tan impactante como si dentro de la vesícula me hubieran encontrado una maceta con flores; me imaginaba algo más sutil y etéreo. No eran verdes como prometió la ecógrafa –aunque sí lo era la bilis fosforescente que vomité después-, no eran brillantes, como dijo Perséfone: la joyería original de marca propia quedó descartada. Ahora tengo que conseguir una cajita de vidrio para guardarlas.

A G. le parece medio repugnante el asunto de exhibirlas, pero a mí no. Me reafirma la idea de que pasar por la operación fue lo correcto, que en verdad llevaba una bomba de tiempo al costado.  Claro que no me agradan, para nada: son duras, enormes, muchas (me dieron once, quién sabe si había más), y vivían como un alienígena malévolo en mi propio cuerpo, como un embrión sin futuro, como un terruño infértil. He enterrado cada una de las muelas del juicio que me sacaron (por ahora sólo cuatro, pues me salió una quinta tiempo después, otra de las anomalías que me persiguen). También guardé el cordón umbilical de Astor. Quería enterrarlo en el jardín de Guanajuato, en la casa donde empezó su vida, pero la súbita partida de México no me permitió volver al pueblo y concretarlo. Todavía lo conservo; algún día estará ofrendado donde debe.

Así que, pese a los ribetines de aquella ecógrafa orfebre, o a las poéticas sugerencias de mi alumna Stella Maris que las comparaba con esmeraldas, mis piedras vesiculares son cetrinas, amarillentas. Me recordaron más bien, por su forma y peso, a la pirita de hierro, "el oro de los tontos", como dicen los mineros de Guanajuato y otros pueblos ricos en tesoros de la tierra. Así que me voy hoy a casa, si me dan el alta (alguien que garabatea de madrugada, a oscuras y con la vena pinchada sin duda la merece), con mi bolsita de "oro de los tontos". Sí, para mí tiene mucho valor, y sin embargo no lo tiene, salvo que encontrara a alguno de esos tontos aludidos, o quizás algún coleccionista excéntrico en eBay. Plomo y oro. No salió todo tan brillante como dijo la anestesista, o al menos no salieron brillantes las opacas piedras de mi vesícula, ahora convertidas en prueba irrefutable, acceso al club, medalla al mérito. Recordar siempre de qué piedras venimos y qué piedras dejamos.


 
… que te operen por laparoscopia y no con cirugía tradicional, no tiene precio…


EPÍLOGO. CON GRATITUD A TODO EL GREMIO DE ANESTESISTAS DEL MUNDO

Un poemita de Gabriel Celaya que musicalicé cuando era adolescente decía que "la vesícula biliar le duele a los millonarios y es un lujo mortal". Obviamente, mi diagnóstico médico de adulta entró en crisis con el previo diagnóstico poético, porque yo no soy millonaria, y entonces la litiasis no podía ser más que un error. No tengo más riquezas, en verdad, que las que guardo en cajitas de vidrio, visibles e invisibles. Puro "oro de los tontos", de los que creen que tienen un misterioso tesoro que nadie más ve. Aunque quizás Gabriel Celaya se refería a eso, finalmente.






POSDATA: OTRA ANOMALÍA PARA EL ARCHIVO
Tampoco sé a qué se refería el cirujano al incluir en mi ficha vesicular el siguiente acertijo del que remito prueba: "Niega chucho solemne". Se escuchan interpretaciones.


4.9.09

Memoria siempre, nunca más.

Anoche me llegó una certeza a modo de rayo (de Zeus, pero también de luz). Da la impresión de que, en mi caso, la memoria se hubiera erigido en una especie de bastión infranqueable que preserva lo que ya no es de la desintegración. Un pacífico espacio de pastos verdes, plaza y arbolitos detrás del muro de los lamentos, una porfiada isla puesta en el mar para atajar a los náufragos, un invisible museo portátil, la puerta secreta al misterioso holograma laberinto. Recordar o, más que recordar -que siempre implicaría una clara conciencia del retorno a lo que ya no es pero proyectado desde el presente-, mantener con vida en forma necia, insuflarle una y otra vez el aliento vital a lo que se fue para siempre, atrapar con una red de mariposas, no dejar ir, sostener lo insostenible. Una memoria casi asilo.

Los muertos.
Los amores pasados.
Las ciudades habitadas.

Empiezo a entender mejor mi sueño del pajarito de colores. Debí animarme a romper esa burbuja, aunque el pasado saliera volando y lo perdiera de vista para siempre. Los pajaritos de colores no se hicieron para las burbujas: se quedan sin aire y terminan siendo tan sólo tristes pajaritos desfalleciendo hasta la muerte. Pero intentar darles ese aire que precisan es -si acaso sirviera- una empresa agotadora y hasta arriesgada. No es natural convivir con el cadáver embalsamado de un ser querido. Basta recordar a Norman Bates.

La memoria ha sido mi única militancia, el decálogo de honor de toda una vida. Me precio de ejercer el amor de no olvidar, que en vez de fluir hacia adelante requiere un esfuerzo titánico en sentido contrario, una fuerza opuesta a la newtoniana gravedad, a la inercia, a las órbitas que tironean y a las corrientes marinas. Los muertos, los amores pasados, las ciudades cuyas campanadas ya no escucharemos, los adoquines que no pisaremos más, el cilantro perdido para siempre, el epazote añorado y distante, el copal de las iglesias, el organillero dormido. Es cierto que los grandes capitales de un escritor -al menos como lo entiendo yo- son la introspección, el narcisismo y la memoria, pero todo eso es la arcilla de una obra que vive afuera de nosotros y que, por lo mismo, nos descansa. En cambio, esta otra es una memoria insomne que no puede cerrar los ojos un instante, pues el mudo riesgo de haber perdido un mundo al despertar le corroe el sueño. Lealtades costosas. Hay un necesario verbo en inglés, to move on.

Quizás mis ayeres estén necesitando la conflictiva piedad de la eutanasia. Porque sacar a Eurídice del mundo de los muertos es, en sí mismo, un despropósito. "No mires atrás", le dijeron al empecinado, le dicen una y otra vez, pero sigue cayendo en la trampa sin remedio.


Eso hace sonreír con sorna a la otra cabeza dura. A la quieta, callada mujer de Lot.



30.8.09

Levrero, el necio (2004-2009)

Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.

O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo... El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.

Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.

24.8.09

Junkies virtuales (manifiesto)

Hasta ahora, siempre había odiado los videojuegos. Debe ser por la natural resistencia a los cambios de conducta que siempre trae aparejada la tecnología, esa constante revolución imparable. Por ejemplo, decir(se) que uno nunca irá como un autista, escribiendo SMS mientras camina por la calle, y al tiempo quebrarse un tobillo por no haber visto el pozo. Aunque en mi caso, no es que no me diera cuenta del atractivo mismo de los videojuegos: como buena adicta a la virtualidad en todas sus formas (internet y su abanico de modelos, simuladores, avatares, robots con gestos humanos o que contestan inteligentemente los chats, Second Life, redes sociales e incluso el cine, y hasta la narrativa de ficción), no me era difícil imaginar qué es lo que encuentran los fanáticos de los videojuegos en sus universos laberínticos y vistosos. Sin embargo, me parecía reprobable, peligroso: en internet, uno es proactivo, interactivo, hiperactivo -decía- y aquí sólo consumen su tiempo en un entretenimiento estéril. ¡Mueran los videojuegos!

Quizás en el fondo todo partía de un secreto encono, ya que las veces que jugaba con el Nintendo de mi hermano no entendía hacia dónde tenía que ir Donkey Kong ni por qué debía juntar las bananitas; en cambio, una vez perdida, terminaba explorando fascinantes escenarios, islas maravillosas, castillos con misterio, totalmente olvidada de los objetivos del juego. Con el tiempo, claro, ese afán aventurero se me iba volviendo aburrido.

Hace una semana, Astor cumplió cinco años y le regalamos un Play Station 2, para su gran felicidad y algarabía. Yo no estaba tan convencida con esa inutilidad del juego por el juego mismo, que es muy ponderable y enriquecedora pero en contextos más abiertos, menos solitarios. Es decir, no virtuales. La imagen de esos niños obsesionados, que no sacan ni los ojos ni la mente de la pantalla, y cuyos deditos presionan botones en el aire mientras van en el ómnibus o hasta dormidos -cual pianista virtuoso que no pierde tiempo sin continuar con su tan necesaria práctica- eso me ponía los pelos de punta. Hay un término japonés, hikikomori (que más que palabra es un nuevo concepto) para los adolescentes que se encierran en su cuarto con cable, videojuegos e internet durante años, sin bañarse ni hablar con nadie. La imagen del consumo que no da nada a cambio. Seres pasivos que demandan, chupan, devoran, esperan todo de afuera como si fueran lactantes, sin mover un dedo para incidir en el mundo. Contemporáneos lotófagos, una de las tentaciones del héroe durante su odisea. Antítesis histórica de la revoltosa e idealista generación de jóvenes de los 60´s. Junkies que creen en las promesas del dealer, de ese sistema que al fin ha encontrado la fórmula para desarticular las funciones naturales y saludables de la juventud de cada época: cuestionar, revisar, criticar despiadadamente a las generaciones precedentes, moverles el piso, sacudir, volver(nos) a lo auténtico y, aunque sea un lugar común, luchar por un mundo mejor (en principio, mundo en 3D). Pero hoy en día, los padres debemos agradecer tener un hikikomori plantado en casa o una anoréxica bobita que quiere ser modelo a toda costa, en vez de un hijo con las neuronas hechas puré por la pasta base. Como sea, todas son formas -más destructivas unas, más entumecedoras otras- de distraer a los jóvenes de sus perturbadoras cualidades revolucionarias, que no tienen por qué venir necesariamente junto a las armas ni enfocarse siquiera en lo político: basta con sacudir los paradigmas existentes, con recordarnos que las cosas se pueden ver de otras maneras. Con plantarse frente al mundo y decir: "Esto no es suficiente, queremos más y mejor".

Por supuesto, con el paso del tiempo y habiendo conseguido ciertos "logros" en el mundo, esa juventud envejece y, sin siquiera darse cuenta, se echa para atrás en sus reivindicaciones, se adapta, se olvida. Pero el efecto ya está hecho, y siempre vendrá el recambio, la nueva juventud, el nuevo dedo índice implacable, el nuevo modelo, el nuevo ejemplo.

Bah: eso es lo que había sido hasta ahora, hasta esta ingeniosa maniobra del establishment, que ha logrado desarticular a los adolescentes dándoles placer cerebral en adictivas dosis. Con padres, para colmos, criados por aquellos que vieron desfilar en T-shirts de moda al Che Guevara o que no pudieron evitar que el movimiento hippie se convirtiera en una interesante tendencia comercial, algo "in", en su momento. Padres que, por supuesto, no creían en límites ni autoridades, en jerarquías ni prohibiciones (por lo que sus hijos no tienen ahora la menor idea de qué hacer como padres), pero afirmar que sacarle un cuchillo de las manos a un niño es atentar contra su libertad es una posición filosófica bastante rebuscada. A estos adolescentes lotófagos, a estos jóvenes de veinte (¡y de treinta!) que no estudian ni trabajan (...ni se lavan la ropa ni se hacen la comida ni estiran su cama y, menos que menos, hacen algo por el resto de la humanidad) hay que mandarlos a cortar caña de azúcar o su equivalente regional.

Lo sé. Hablo ya por boca de los viejos del mundo frente a las juventudes que los sustituyen, con ese rechazo e incomprensión que caracterizan el ping pong generacional. Pero acá mi temor es, precisamente, perder el sano papel del terremoto juvenil, y perderlo para siempre. Que no me diga alguien que drogarse, estar conectado permanentemente a mundos virtuales e inutilizarse para incidir en el entorno físico es una nueva forma de rebeldía: a mí me lo vendieron como "evasión" y "alienación". Salirse de todo y lavarse las manos tiene consecuencias, como bien podría atestiguar Poncio Pilates. Votar en blanco lo hace a uno sentirse inmaculado por no haber sido cómplice de la porquería que es la democracia fuera del ámbito teórico, pero -hasta en los casos en que esto se convierte en un movimiento representativo de una fracción dada- la democracia no se desarticula e incluso los resultados pueden ser aún más dramáticos. Votar en blanco sólo se justifica en el marco de una tiranía, en una verdadera imposibilidad de acción y de opinión. No salir a la calle, a la vida, a las confrontaciones y encuentros del mundo, es adoptar el voto en blanco por default, no estar, no involucrarse. Creo que el poder en todas sus formas -léase "gobiernos", "monopolios comerciales", "mafias", "ideologías oficiales", etc- se beneficia enormemente de esta postura existencial de las últimas décadas, más notoria e incluso alarmante entre los jóvenes, pero no privativa de ellos.

¿Por qué, entonces, regalarle el ansiado Play Station a un niño, si a la postre estas cosas resultan tan nefastas? Porque, sin que implique una aceptación pasiva, tenemos que lidiar con lo que hay. Prefiero que Astor forme parte de su tiempo y de su generación, con límites y elementos críticos, a tenerlo en la búrbuja de "lo que debería ser". Que pueda comunicarse con sus pares en su idioma, interactuar; prefiero entender de qué se trata antes que satanizarlo sin conocerlo. Y que lo use en cierto porcentaje de su vida, que adquiera las destrezas que necesite y satisfaga plenamente su interés, pero hasta donde le marquemos los padres. Sin despeñarse por ese tobogán sin retorno del aislamiento, del consumismo glotón, de quedarse únicamente con la respuesta a lo planteado sin ser capaz de generar nuevas preguntas. No quiero negar la nueva realidad sino darle herramientas -las torpes, ingenuas e improvisadas herramientas que se me ocurren- para manejarla. Aquello de que "en casa no vemos TV" sólo sirvió para crear niños más versados en la materia que el suplemento Teleguía.

Y ahora que empecé a jugar con Astor de vez en cuando al Star War Lego, por ejemplo, he descubierto algunas cosas interesantes. Resulta que darle de espadazos a un malo para desbaratarlo en monedas y corazones que nos sumen puntos es de lo más placentero, sobre todo para los papafritas a los que nos cuesta plantearnos objetivos personales que puedan afectar a terceros, y menos que menos si hubiera que competir y dejarlos tirados por el camino. Yo diría que el asunto es terapéutico, incluso. Otro entrenamiento muy atendible es la perseverancia frente a las dificultades, la tolerancia a la frustración: insistir, insistir hasta que lo logremos, hasta que el saltito no termine en caída al precipicio, hasta que la secuencia correcta del encendido de las lucecitas nos permita pasar a un nuevo nivel.

También hay que desarrollar cierta plasticidad estratégica en cuanto al uso de las fórmulas que nos dan resultado: si hay que saltar, es mejor convertirse en el "caballito", pero si queremos abrir puertas no hay como R2-D2. Ninguno de ellos tiene armas, así que frente a los androides enemigos hay que elegir a Obi Wan Kenobi o el Yoda. Hay otro personaje que se rodea de una burbuja energética, que bien sirve para bloquear ataques enemigos y avanzar, pero -como toda estrategia netamente defensiva- no para vencerlos. La reina Amidala dispara un arma de fuego, que no tiene la elegancia vistosa de las míticas espadas embuídas del "Use the Force, Luke", pero permite acceder a otros espacios tirando al blanco. Elegir el personaje correcto para lidiar con cada dificultad específica parece ser más eficaz que arremeter una y otra vez con un plan rígido y predeterminado.

Pero el entrenamiento más valioso que vengo encontrando en los videojuegos es que uno nunca sabe, en realidad, por dónde debe ir para llegar a la meta, ni tampoco sabe de antemano qué deberá hacer para lograrlo. Y, salvo que un aguafiestas crónico o emisario divino nos estropee el viaje, en eso se parecen endemoniadamente a la vida: no hay otra que lanzarse de lleno para llegar a entender de qué se trata y qué carajos tenemos que hacer. Supongo que sí, que hay una reina que liberar o una raza que salvar detrás de todo el asunto.

Ahora pienso distinto que antes del cumpleaños: los videojuegos aportan habilidades, sirven para la vida, son un simulador interesante, una dramatización de conflictos y actitudes frente al conflicto que pueden ir mejorando. Por ejemplo, descubrí que cuando se arman los cocolazos, el zafarrancho de una guerra con naves que disparan desde arriba y enemigos que atacan desde abajo, Astor se va, disimulado, por los bordes de la acción y -hasta diría, "diplomáticamente"- trata de mantenerse vivo, mientras es el otro jugador el que golpea y ataca (y que precisaría de su miedosa ayuda). Ahora le digo que se meta en el borbollón y pelee. Seguro que tarde o temprano, por más derrotas que sufra, esa afirmación personal lo apoyará también para pelear por lo suyo en lo que le toque enfrentar fuera de la consola, y no intimidarse tanto frente a otros que vengan tirando bombas y granadas. Ya eso valdría cada peso invertido en el Play Station. El asunto es usar los videojuegos para la vida, pero no que sean un sustituto de la vida y sus desafíos. Que no serán tan espectaculares como son los de los guerreros, las reinas y los alienígenas, pero también son heroicos, al fin y al cabo.

Claro que, sin duda, permitir la creciente virtualidad de nuestros tiempos poniendo límites es mucho más incómodo y conflictivo que permitirla a demanda del consumidor (que, al igual que con las drogas, es una demanda cada vez mayor) o simplemente prohibirla. Astor juega un rato martes, jueves y fines de semana: espera ansioso el momento. Confieso que a veces lo acompaño, a él le encanta. Me sumerjo en la ficción, como lo hago cuando leo, pero en esto tengo que poner un despertador -uno real, que haga "ring"- para asegurarme de poder salir yo misma del embrujo. Y entonces, una vez afuera, poder sacarlo también a él.




Feliz Cumpleaños ASTOR... 5 añotes!!!! on 12seconds.tv
Los tíos Mopri y Lorena, locatarios, tres tíos abuelos viajeros, un padrino residente en Houston, todos desde Monterrey, México. Viva internet!


28.7.09

Electrocardiograma del duelo (10)

Fue falsa alarma. El electrocardiograma del duelo -o mejor dicho el duelo mismo, el mío- goza de buena salud todavía.

El domingo mi papá cumplió 75 años y no pude estar con él. Hace 25 que no vivimos en el mismo país, que hemos rebotado repetidas veces sobre un extraño tablero de billar cuyas esquinas son Montevideo, Panamá y México en sus varias versiones: DF, Guanajuato, Querétaro. Quién sabe cuál será la cuarta esquina. En marzo, cuando vinieron, le di a mi madre un regalito para este momento; eran 3 CD. Mi padre no escucha mucha música; en realidad, le cuesta tomarse tiempos de ocio. Hasta sus intereses más personales terminan tiñéndose de trabajo, de energía generosa puesta a disposición de los otros, pero a estas alturas de la vida le resulta difícil aprender a hacerse tiempo para él mismo. Supongo que no quiere tomarlo, en el fondo, o quizás la programación de alguien que tiene responsabilidades sobre sus espaldas desde hace casi seis décadas es prácticamente imposible de desarticular. Cuando le insistía en que tenía que darse espacio para la lectura, empezó a leer la Biblia casi como un cabalista insomne; recién ahora se dio cuenta de que puede leer otras cosas, pero a estas alturas daría vuelta a cualquier Testigo de Jehová en una pulseada (cosa que no hace porque, con su manera de ser, le invitaría un café y terminarían siendo grandes amigos). Con la música igual: creo que le debe costar escuchar y no hacer nada. Sin embargo, en 1985 le regalé un cassette con una selección de Darnauchans (cuyos discos había descubierto ni bien llegué a Uruguay, a fines de 1982, música arrumbada en ejemplares únicos de pasta en Palacio de la Música que me fascinaron y fui comprando, intrigada); por ahí anda dando vueltas todavía, un cassette dedicado a mi padre que en aquel entonces tenía unos cincuenta años.

Le fascinó. Se sentaba y lo escuchaba con toda atención.

Cuando hace unos días lo llamé para felicitarlo, me dijo que le había encantado el regalo de los tres CD y que yo tenía razón, que debía tomarse un tiempo para su ocio. Y agregó que tanto Numa Moraes como Darnauchans eran "santos de su devoción", una forma algo bíblica de demostrar su aprecio (el tercer CD era de Asaltantes con Patente, que le traería recuerdos pero era otra cosa). Yo le dije que ambos discos, el de Numa cantando a Benavidez como El ángel azul del Darno, eran clásicos desde el nacimiento, discos históricos, pináculos que compiten con toda dignidad con los mejores puntos de estos músicos en el pasado. "El ángel azul es el último suspiro del Darno, un maravilloso canto de cisne", le dije.

Sería por imaginarme a mi padre escuchando al Darno allá en Panamá, sentado idealmente en un sillón, con tiempo para sí mismo, pero hoy me puse a escuchar yo misma El ángel azul. No pasé de la primera canción sin llorar, probablemente por ese juego de espejos del tema generacional y los padres que sangran para darnos paso, o simplemente por reencontrarme con la voz de Eduardo en aquel último momento mágico en que también sangró, pero por última vez sobre la tierra, sobre El ángel azul. Como el ruiseñor sangró sobre la rosa para que el amante tuviera una flor que entregar a la muchacha (mejor no recordemos cómo termina el cuento).

La canción que más me conmueve en ese disco es "Sonatina". Me llega al alma imaginarlo cantándola, cantándose, reconociendo su juventud herida en tiempos de los tiranos (que es la de muchos en épocas de dictadura, porque somos parte de una generación hambrienta, desprovista). Pero lo que me cala más hondo es cuando dice que ningún general será recordado nunca, y uno sabe que Darnauchans sí, que a él lo recordaremos siempre. Es una forma de ganar la batalla final -siguiendo con la metáfora bélica- antes de que las cenizas se dispersen en el viento. Más de una vez he llorado cuando llega esta canción en mi MP3, recuerdo haberme parado en la esquina del Sabot deseando que ningún mozo me viera desde adentro. Es algo loco escuchar canciones y conmoverse mientras uno se desplaza por las calles: gajes de la tecnología actual. Prefiero parar, disfrutar el momento sublime, cuando todos los hilos se juntan y la telaraña de la vida misma se alza hermosa, brillante, frente a nuestros ojos.

Me pregunto por qué hay tan pocas fotos del Sorocabana en internet. No entiendo dónde estaban los fotógrafos en aquel entonces, qué hacían, qué podía importarles más cuando mi café existía.

(Foto de Panta Astiazarán)

Bello número especial sobre el Darno este mes en 45RPM (que, a diferencia mía, no incluyeron el crédito de las fotos de Guzmán que utilizaron)

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Now playing: Eduardo Darnauchans - Sonatina
via FoxyTunes



21.7.09

La araña y el pajarito de colores

Anoche yo tenía en las manos una burbuja de vidrio transparente en la que, luego de agregar agua o por algún otro procedimiento externo, la mezcla sólida que había en su interior se convertiría en una mascota, concretamente en una araña. Creo que estaba Astor conmigo, el más interesado en la supuesta mascota. Hacemos lo indicado, la mezcla se vuelve coloidal y, luego de que un bulto vivo forcejea en su interior contra la capa sólida de la superficie (tipo nata), emerge no una araña sino un pajarito de todos colores.

Quedamos perplejos; el pajarito, claro, es mucho más lindo que una tarántula, pero al verse atrapado revolotea desesperado, volando y golpeándose contra las paredes de la burbuja. Como soy yo quien la tiene entre las manos, me da un poco de asco estar tan cerca -tengo cierta aversión por los pájaros-, incluso siento su calor contra la esfera. Me doy cuenta de que una araña sí, pero un pajarito no podrá sobrevivir con tan poco aire. No sé qué hacer; en el rostro del pájaro hay un gesto de angustia, se empieza a aquietar, a enfermar, y al final muere; queda tirado allí, en el interior de la burbuja. Yo me culpo -creo que frente a mi madre- porque tendría que haber buscado la forma de sacarlo de allí, de dejarlo volar. No supe qué hacer, quizás debí haber roto la esfera, pero la desesperación del pajarito chocando contra las paredes y su aleteo me intimidaron. "La adulta era yo", digo. "Tendría que haber actuado para salvarlo".

Le pedí una interpretación a Guzmán, aunque no es demasiado amigo de los sueños. Me dijo algo más que atendible: que el sueño me advierte que yo por lo general espero lo malo (la araña), pero si lo bueno me sorprende (el pajarito) no sé qué hacer con eso e incluso puedo llegar a perder la oportunidad. Me gustó, reconocí que hablaba de algo mío, ciertamente. Estoy segura de que hay muchas formas de verlo y muchas me aportarían su parte. En el proceso de desentrañar el mensaje del sueño, sentí de golpe una emoción que reconocía de qué se trataba, finalmente. Tiene que ver tanto con la araña como con el pajarito de colores. Porque la araña no está puesta ahí por casualidad: en la araña, Levrero encarnaba su consejo de que escribiera sin tregua y sin que me importara nada. Que una araña no puede evitar ser quien es y tejer telarañas; que eso es lo que realmente sabe hacer, lo que pulsa en su interior, lo que quiere hacer: no sería araña, por cierto, si no tejiera telarañas. Ahora, que caiga una mosca o no en su tela, eso es otra cosa; quizás la araña muera de hambre tejiendo, pero esa es su naturaleza. No garantiza la supervivencia, pero sí la autenticidad. "También te podés emplear de cajera en un supermercado", decía, o algo así. Algún día tengo que encontrar ese mail y publicarlo aquí, porque el mensaje, por supuesto, no es únicamente para mí (como casi todo lo de Levrero).

El asunto es que yo ya no puedo ser la araña que teje la tela. Por muchas razones. Pero sí puedo, quizás, ser el pajarito de colores, menos metódico, más caprichoso. Nunca en una burbuja transparente porque me quedo sin aire; nunca sin poder volar porque me muero. Y en el sueño yo soy la que se equivoca, la que no sabe cómo reaccionar frente al cambio inesperado de la araña levreriana por mi pajarito de colores. La que lo deja morir de asfixia.

Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

No era un pajarito de colores, pero tampoco una araña.

(*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama "Pajarito"- representa esa especie de "Espíritu", de entrega a la escritura y sus misterios. Yo estoy en las mismas, seguramente, y el mío además era colorido, tan colorido como el dibujo de un niño antes de ir a la escuela. Recomiendo que lean este libro de la "segunda trilogía involuntaria", o al menos el comentario en este enlace al respecto.


19.7.09

Electrocardiograma del duelo (9)

Hacía tiempo que no subía a mi altillo. Mucho caos, desorden que sin remedio me termina recordando mi poca solidez interna, la reestructura de una nueva identidad que he tenido que emprender, mi doloroso alejamiento de la escritura (al menos por ahora).

Empiezo a clasificar papeles, bultos, cuadernos. No se puede ni pasar: el piso está cubierto de una fina gramilla de hojas, de una rocosa prominencia de cajas por llenar.

Entonces me doy vuelta y la veo allí colgada. Azul marino, con circulitos mandalas, con persas fantasías verdes, rojas y azules en los extremos. La chalina de E.D.

La había olvidado. Sigue ahí desde que me la regaló. Colgada al lado de mi escritorio, ya fuera en el DF, en Guanajuato, Querétaro o Montevideo de regreso.

"Ay, Darno...", digo para mí misma en voz alta mientras apenas me atrevo a tocarla.

Me había olvidado. A los dos años y medio, el electrocardiograma de mi duelo aún sigue mostrando señales, pero me empiezo a dar cuenta que los ciclos cardíacos que registra son cada vez más distantes, más débiles.

13.7.09

De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
Un abrazo,
Mario.

12.7.09

Lo que no se escribe

Lo que dejo pasar, lo que no escribo, se pierde para siempre, regresa al útero negro de lo que simplemente no es ni será. Por mi mente pizarrón pasan varias veces al día casi ráfagas de tiza, llegan oleadas de textos que creen, inocentes, que igual sobrevivirán pese a no ser escritos. Pero es inevitable que se desvanezcan, igual que pasaría con un sueño cuando uno no despierta con la clara intención de sacarlo de la nada.

Para atrapar a unos y otros, textos y sueños, hay que lanzarse sobre el papel como un endemoniado, como un monje en éxtasis, fuera de todo, lanzarse y nadar sin pausa hasta la otra orilla. Y eso da miedo, por supuesto, porque la obsesión por otros mundos podría sacarlo a uno de este.

Pero saber eso no quita -no quita en lo más mínimo- que lo que no escribo se pudra dentro de mí, eche raices de loto y flote en un estanque sucio. Porque lo que no escribo está herido de muerte, yo misma lo estoy, en tanto no quede escrito. "Y después podrás morir en paz". Quizás después, después apenas.

8.7.09

Mi Tristán

En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

1.7.09

Sala de des/espera

los miro a los tres
barcos fantasmas que flotan inasibles
tirando de una cuerda casi plata
a la que voy atada
tal como iría un condenado sin culpas

me quieren rescatar
mantenerme de pie
me quieren confortar
pero no ven que con su cincha
me jalan más y más hacia la muerte

el tío
el abuelo
el bisabuelo
y yo abrazada a un mástil
oyendo cantar a las sirenas

11.6.09

Problemas existenciales de la maternidad y el esposazgo (1)

He comprobado por experiencia propia la inutilidad de los simuladores. De las suposiciones previas, los "como si"; de la empecinada maniobra de nuestra racionalidad, que insiste en anticiparse a los acontecimientos y pretende -con toda soberbia- tener los medios para acceder a la vivencia directa antes de la vivencia en cuestión. Pamplinas, puras pamplinas (diría aquí, si esto se tratara de un comic). Los simuladores, claro está, deben tener su utilidad cuando uno quiere entrenar para poder manejarse en el espacio sideral, pero en temas más terrestres, propios "de la vida misma", no hay modo de poner la carreta delante de los bueyes: sabremos de qué se trata cuando estemos metidos hasta las orejas en aquello de lo que se trata. Ni un minuto antes y, para colmo de males, de manera intrasmisible. Tómese como ejemplos extremos actos como nacer o morir, los ritos iniciáticos más contundentes por los que puede pasar un individuo, desintegradores y terroríficos mientras se viven, pero con el triste premio de no conservar memoria o posibilidad de legado alguno.

La maternidad es un paradigma de estas vivencias exuberantes -incluso arquetípicas- con pobre capacidad de ser previstas desde afuera, por más libros que se lean, botellas de ginebra que se tomen o declaraciones existenciales que se hagan. Seguramente, todas esas mujeres que siempre quisieron ser madres, que jugaron a las muñecas, que soñaron con el príncipe azul y se probaron sus prendas mil y una vez antes de salir a una fiesta, tengan las cosas más fáciles: para ellas, no tener un niño a cargo sencillamente no es una posibilidad (de hecho, cuando ocurre, lo viven como un fracaso), un enorme vientre de embarazada es un motivo de orgullo -"yo también puedo"-, y en general no se les pasa por la mente que su realización (palabra odiosa, que implica quién sabe qué traducciones extrañas entre los reinos del ser y el no ser en sentido absoluto) no necesariamente incluye "su realización como mujer" en sentido biológico. Nunca escuché a un varón decir que no se siente "realizado como hombre"; sí, quizás, "como padre", lo que no deja de tener cierta lógica si uno no tiene hijos (como supongo que tampoco se sentirá realizado como abogado si es dentista, por cierto).

Yo nunca quise ser madre -de hecho, siempre afirmé que jamás lo sería- hasta que quise ser madre. O, más precisamente, madre de un hijo con G. Igual, aun entonces, me faltaban unos cinco años todavía para estar lista; siempre me hubieran faltado cinco años más para animarme (de hecho, creo que todavía me faltan). Esa es la ventaja/desventaja del límite reproductivo de las mujeres: se cobra plena conciencia del para siempre, sea el para siempre de tener un hijo como el de no tenerlo. Los hombres, con gimnasio, cirugía y una esposa progresivamente más joven, podrían engañarse hasta el fin de sus días.

Pero yo decidí decir que sí y el Universo me dio la razón, me dijo: "Hágase Tu voluntad", me palmeó la espalda enseguida. Quizás temía que, si lo pensaba más, me echara para atrás y entonces se hubiera quedado sin Astor. Fue un pestañeo en mi incipiente capacidad de decir "sí", un titubeo en mi prodigiosa capacidad de decir "no". Me alegro de que haya salido bien: en un pestañeo, en un titubeo, caben cosmologías inmensas, eones de vidas posibles, áridas odiseas enteras.


No he llegado ni al segundo párrafo del prólogo. En realidad, sólo quería contar un sueño lunar que tuve la otra noche. Y la visión de dos personajes oníricos que se atravesaron en mi camino a plena luz del día. Y la sensación de haber vuelto a ver hoy a uno de ellos, en un video, durante un instante mientras hacía una fila. Pensé que, quizás, si contaba por qué ya no puedo ocuparme de esas cosas -cosas que me perturban, me alegran, me intrigan, me azuzan-, tarde o temprano desembocaría en la caza de las imágenes mismas, en el tejido brillante de la telaraña. Pero aún están muy lejos, a kilómetros de mí misma. Aún muy lejos de este pedacito de texto.

Sí, es que no he llegado todavía ni al segundo párrafo del prólogo.

27.5.09

Un poco de luz y liviandad...

Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas... Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano...


19.5.09

Hoy escuché trinar a Benedetti...

"¿por qué será que los pájaros cantan
después de los entierros memorables?"



Foto: El País de Uruguay